UN VIAJE INOLVIDABLE
Por Alberto Martín
“Brutal”; “yo le pongo una nota de 10”; “no me apetece
volver a casa, si pudiera me quedaría en el autobús todo el fin de semana…”.
Estas son algunas de las impresiones de los alumnos de 2º de ESO cuando, a tan
solo 100 kilómetros de Madrid, les preguntaba por cómo había sido para ellos
ese viaje de fin de curso que estaba a punto de llegar a su fin. Era un viernes
12 de junio a las 21:15 de la noche, y habían pasado cinco días desde que
partimos hacia Matalascañas.
El viaje comenzó la noche del domingo, cuando la mayoría
ultimábamos la maleta, preguntándonos por el tiempo que hará, por la
disposición del hotel, por las ganas que tendrían los alumnos de llegar... Y
desde ese momento casi todo salió bien.
El lunes los alumnos se despedían de sus familias con una
mezcla de nervios y sueño por haber dormido poco. Y a eso de las 8 de la mañana
los tres autobuses salieron del colegio cargados con 116 alumnos y alumnas de
2º de ESO, 6 profesores, más de 100 maletas y muchas ganas de pasarlo bien.
Faltaban 12 horas para llegar a nuestro destino.
En Córdoba paramos para comer, ver la mezquita y disponer
del primer ratito de tiempo libre, que casi todos emplearon en comprar helados
y dar una vuelta por el centro de la ciudad. Y a las 20:30 estábamos entrando
por la puerta del Gran Hotel del Coto, listos para el reparto de habitaciones y
para contener el griterío de más de 100 adolescentes cargados de diversas
expectativas, que se irían cumpliendo o no a medida que avanzase la semana.
A partir de ahí llegó lo mejor: la caminata nocturna por el
paseo marítimo, la primera noche (la más larga para todos), el primer desayuno,
el baño multitudinario en la playa, las diferentes actividades en el Parque
Nacional de Doñana, los saltos por las dunas, la visita al Rocío, las actividades
náuticas en Islantilla, los bailes de alumnos (y de algunos profes) en el
Coto’s Pub, los paseos nocturnos de los profesores (y de algún alumno) por los
pasillos del hotel, los ratos libres en la piscina, la comidas y cenas cargadas
de patatas fritas (inevitable), los partidos de tenis, los conciertos sorpresa,
los cánticos en cualquier vehículo en el que montásemos, los ipods
permanentemente conectados, las batallas de gallos en la sobremesa, los líos, las
rupturas, las sonrisas, las lágrimas… y las caras del último día, marcadas por
la tristeza y el cansancio tras 110 horas juntos.
Fue un viaje inolvidable para la mayoría. Creo que para mí
también, y yo no soy uno de los 116 alumnos.